Posteado por: Mexico Global | julio 18, 2014

Lecciones de las pugnas capitalistas en la Primera Guerra Mundial

La guerra inter-imperialista, que siguió al 28 de junio de 1914, detonó por reclamos nacionalistas y la disputa de las potencias europeas por materias primas, mercados y territorios.

El choque entre Alemania y Gran Bretaña, con sus respectivos aliados, llevó al fin de la hegemonía europea y los imperios austro-húngaro, alemán y ruso, además de acelerar la caída del otomano. De ese choque, Estados Unidos (EE. UU.) emergió como país hegemónico global; el petróleo y las armas de destrucción masiva adquirieron relieve estratégico y, por primera vez, hubo oleadas masivas de refugiados. A 100 años del conflicto, los pueblos siguen reclamando su derecho a la reivindicación.

Era un domingo de verano cuando dos disparos detonaron en el centro de Sarajevo, capital de la provincia bosnia del imperio austro-húngaro. Al instante murieron el archiduque austro-húngaro Francisco Fernando y su esposa Sofía Chotek a manos del nacionalista serbobosnio Gavrilo Princip. Así comenzó el efecto dominó que desató la Primera Guerra Mundial (La Gran Guerra), cuyas hostilidades tuvieron a Europa como escenario y alcanzaron a 30 países de todos los continentes. Un siglo después, el mundo gasta casi 10 billones de dólares en los conflictos bélicos que se libran en distintos puntos.

Lo que comenzó como protesta por la anexión de Bosnia en 1908, se extendió a una lucha económica y militar que integró complejas alianzas y durante cinco años trastocó tanto el mapa sociopolítico de Europa como la noción misma de la guerra. Hasta 1914, los centros mundiales de decisión estaban en Viena, París, San Petersburgo, Londres y Belgrado. A 100 años de aquella weltkrieg (Guerra Mundial, en alemán), las sedes de las finanzas y políticas energéticas del planeta están hoy en Nueva York, Washington, Bruselas y Moscú.

En 1914, el sector industrial y armamentista veía un gran negocio en el conflicto. Su pronóstico se cumplió, pues el costo de esa guerra se estima entre 180 mil y 230 mil millones de dólares (al valor de la época), y el de los daños causados por la destrucción se valora en otros 140 mil millones de dólares. Un siglo después, el negocio de los enfrentamientos armados va al alza, pues los conflictos actuales generan gastos por casi 10 billones de dólares, según el Instituto para la Economía y la Paz (IRP), con sede en Sydney, Australia. Esta cantidad representa el 11.3 por ciento del producto interno bruto (PIB) de todos los países del mundo.

Detrás del acto del bosnio Princip estaba el rechazo contra el expansionismo germano, aliado al imperio austro-húngaro. En el momento del asesinato del archiduque, las potencias lideradas por Alemania, Gran Bretaña, Francia y Bélgica habían concluido su reparto del mundo, aunque unas ambicionaban las colonias de otras y veían hacia Europa Oriental y Rusia para aumentar sus ganancias y acceder a nuevos mercados. Mientras tanto, ignorados por las viejas potencias, EE. UU. y Japón emergían como rivales potenciales.

Las potencias maniobraban para consolidar su poder e influencia en el contexto geopolítico europeo. Alemania pretendía dominar las colonias británicas y contener al imperio ruso; como era concesionaria del ferrocarril entre Berlín y Bagdad, que cruzaría por Estambul, despertó la avaricia de los inversionistas franceses. Gran Bretaña –que poseía una quinta parte del territorio mundial– quería contener el avance germano y dominar el estratégico Medio Oriente.

Austria-Hungría quería acceso al mar por los Balcanes y someter a los eslavos en Serbia y Montenegro; el imperio italiano buscaba reconquistar los Balcanes, Crimea y el Cáucaso; la Rusia zarista deseaba una salida al Mediterráneo y su acceso a  los estrechos de los Dardanelos y el Bósforo, bajo dominio otomano. Francia ansiaba recuperar sus ricas provincias de Alsacia y Lorena, perdidas en la guerra franco-prusiana de 1871. Así, cada potencia había definido sus nuevos intereses capitalistas.

El 28 de julio, el káiser alemán Francisco José I declaró la guerra en el documento titulado A mi pueblo; enseguida su aliado, el imperio austro-húngaro, envió un ultimátum a Serbia, que lo rechazó. Horas después comenzaba esa guerra intercapitalista, que duraría cinco años. Al morir el káiser, lo sucedió Guillermo II, cuya política expansionista rompió los débiles equilibrios europeos hasta el fin de la guerra, por lo que abdicó a su término.

La ambición imperial estaba lista para incendiar Europa. Los bandos se organizaron así: Alemania, Austro-Hungría e Italia formaron la Triple Alianza (llamados también Imperios Centrales), a los que se sumaron Japón y el Imperio Otomano. Se enfrentaron con Gran Bretaña, Francia y Rusia, integrados en la Triple Entente, a los que se alió EE. UU. El conflicto tuvo tres etapas: la Guerra de Movimientos (1914-1915), la Guerra de Trincheras (1915-1917) y el Fin de la Guerra (1918-1919).

La Gran Guerra movilizó a 65 millones de personas en todos los continentes y perdieron la vida unos 17 millones de personas, la mayoría trabajadores y soldados reclutados. Como dato anecdótico, la historia reseña que la primera bala de las fuerzas británicas en 1914 no se disparó en Europa sino en África, y que fue el soldado Alhaji Grunshi, quien la detonó en la ofensiva contra la colonia alemana de Togoland (actual Togo).

Se estima que dos millones de africanos sirvieron como soldados o trabajadores para las metrópolis europeas; Gran Bretaña y Francia reclutaron a 135 mil chinos para que trabajaran a su favor en Europa. Al librarse en varios frentes, en Europa, Medio Oriente y el Pacífico, ese conflicto interrumpió el desarrollo capitalista que hasta entonces había transferido la riqueza de los pueblos hacia el seno de esas potencias.

Los opositores al capitalismo rechazaron el ingreso de Rusia a la guerra. Vladimir Ilich Lenin la calificó de imperialista, porque estaba protagonizada por burgueses que luchaban entre sí por el reparto de mercados con ayuda de trabajadores y campesinos engañados. Rusia inició la guerra como imperio y salió como una nación en revolución que la alejó de ser un mercado, fuente de materias primas y zona de inversiones de las potencias europeas, señala el historiador ruso A. I. Utkin.

La guerra se inclinó a favor de la Triple Entente en la segunda batalla del río Marne. Ahí, tropas británicas, francesas y estadounidenses –que por primera vez combatían en tierra– se enfrentaron con las de la Triple Alianza y lograron contenerlas. En esa batalla se usaron armas biológico-químicas (gas mostaza y lacrimógeno) y lanzallamas, que paralizaban al enemigo. Los primeros en utilizarlas fueron los franceses y las potencias centrales respondieron a esas armas con máscaras antigás.

En tierra, oficiales y soldados defendían sus posiciones en trincheras y alambradas; técnicamente eran mejor las alemanas; el tanque fue tan eficaz que acabó con la caballería. Se lanzaron ofensivas aéreas con dirigibles y en ultramar los submarinos alemanes U-Boat hundían barcos de abastecimiento y civiles, como el Lusitania, lo que favoreció el ingreso de EE. UU. a la guerra en 1917.

México, en plena Revolución, entraba en los planes de las potencias por su privilegiada situación geográfica y sus recursos estratégicos. En su análisis titulado Inglaterra y el petróleo mexicano durante la Primera Guerra Mundial, el profesor del Colegio Luterano de Texas, Ray C. Gerhardt, señala que la necesidad de petróleo de la marina llevó a Gran Bretaña a maniobrar en nuestro país en 1918, propiciando el escándalo que se generó con la revelación del Telegrama Zimmerman, en la gestión de Venustiano Carranza.

El 16 de enero de ese año, el canciller alemán Arthur Zimmerman envió a su embajador en este país, Heinrich Von Eckardt, un telegrama en el que Alemania ofrecía una alianza al gobierno mexicano para que declarara la guerra a EE. UU., con la promesa de que al término de la misma, México recuperaría los territorios que perdió en 1846-1848 ante el país vecino. El mensaje fue interceptado y descifrado por el contraespionaje británico, que había pinchado el cable submarino que pasaba por EE. UU., de donde sería reenviado a México.

Los británicos pretendían impedir la alianza entre Alemania y México y tuvieron éxito: el 14 de abril, el Gobierno de Venustiano Carranza declinó la oferta alemana. Al concluir la guerra, el canciller mexicano Francisco León de la Barra presidió los Tribunales Mixtos de Arbitraje y el Arbitral Anglo-Franco-Búlgaro, creados por los Tratados de Versalles. Desde entonces, México se alineó con EE. UU. en los sucesivos conflictos bélicos y políticos internacionales, entre ellos la Segunda Guerra Mundial, la llamada Guerra Fría y la Guerra contra el Terrorismo.

El historiador británico Eric Hobsbawn afirma que los efectos de la Gran Guerra de 1914 terminaron en 1989, con la caída del Muro de Berlín, que recompuso el mapa europeo a finales del siglo XX. En la posguerra, las antiguas rutas coloniales del comercio mundial fueron redistribuidas entre los nuevos ejes de poder y en algunas de las viejas potencias las burguesías se reforzaron o surgieron otras nuevas.

EE. UU. emergió como la potencia industrial dominante en el mercado internacional y como el acreedor principal y sucesor de Europa en la hegemonía capitalista. Además, expandió su influencia y poder en Europa, Canadá, América Latina y la Cuenca del Pacífico, de donde no se apartaría en todo el siglo XX. Otro efecto fue la persistencia de las reivindicaciones nacionalistas, no sólo de los Balcanes, sino también de los vascos, corsos, rusos étnicos en Crimea, catalanes y escoceses, que ahora reclaman su autodeterminación.

La destrucción de ciudades y tierras agrícolas europeas convino a Canadá y Argentina, que aumentaron notablemente sus mercados como exportadores de alimentos; además, la reconstrucción de edificios, puentes, caminos, ferrocarriles y fábricas reactivó al capitalismo. Al perder sus colonias y pagar las reparaciones de la guerra, Alemania quedó en manos de los ultranacionalistas del partido Nazi que detonarían la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

Hasta 2010, Alemania terminó de pagar esas deudas de guerra. Despojada de su potencial bélico, hoy es el motor industrial y económico de Europa. Si en 1918 se le negó un sitio en la Liga de Naciones, en el siglo XXI aspira a un asiento en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Otro perdedor fue el Imperio Otomano, el más extenso y rico de la Triple Alianza. Cubría el sureste europeo y sur de Rusia hasta Medio Oriente –Palestina, Egipto, Irak y Siria quedaron en manos británicas–, su economía florecía por la inversión extranjera en comercio, ferrocarriles, banca e industrias. Quedó tan débil que no resistió la Revolución de los Jóvenes Turcos (que creó una Turquía laica) y tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), se desmembró.

Un siglo después

En noviembre de 1914 se confirmó el rol estratégico que tendría el petróleo, luego de que una fuerza expedicionaria británica, con base en la India, se apoderara de Basora para controlar los yacimientos petrolíferos de Persia (hoy Irán). En 1991, los británicos regresarían a esa zona con la fuerza multinacional que invadió Irak.

Durante el resto del siglo XX los Balcanes siguieron siendo foco de interés de la avaricia capitalista y punto de inestabilidad étnica. Tras la desintegración de Yugoslavia y la llamada Guerra de los Balcanes (1992-1999), los europeos alineados con EE. UU. libraron ahí con la OTAN otra ofensiva contra Serbia, en Kosovo. Hoy se sabe que las multinacionales occidentales explotan las reservas de minerales de Kosovo (plomo, cinc, cadmio, plata y oro) y su abundante existencia de carbón (17 billones de toneladas).

El pasado 28 de junio se conmemoró en esa región el centenario de la guerra con la inauguración del pueblo Andricgrad, ideado por el cineasta y nacionalista serbio Emir Kusturica, en honor al Nobel de Literatura Ivo Andric. Mientras tanto, en el barrio serbio de Sarajevo se develaba una estatua en memoria a Gavrilo Princip, el hombre que disparó contra el archiduque Francisco Fernando; sin embargo, para los musulmanes croatas, Princip es un terrorista y han borrado su huella.

Europa concluyó el siglo XX con la supresión de los controles fronterizos por el Convenio de Schengen en marzo de 1995, esa ciudad luxemburguesa, a 400 kilómetros del sitio donde se libró la ofensiva del río francés Somme, –que cobrara un millón de vidas en 1916– de la Primera Guerra Mundial.

A un siglo de esa confrontación éstas son las principales lecciones. El escenario global está dominado por una superpotencia militar: EE. UU., cuyo presupuesto bélico para este año supera los 572 mil millones de dólares, según el diario especializado en asuntos legislativos The Hill.

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