Posteado por: Mexico Global | abril 21, 2015

#Yemen: claves de un nuevo conflicto

Nydia Egremy, 20 de Abril 

La ofensiva de 10 países árabes y musulmanes contra el grupo chiíta Ansar Alláh Hutí en Yemen abrió un nuevo frente en Medio Oriente. Detrás está el factor geopolítico, donde bases militares de Estados Unidos (EE. UU.) garantizan su acceso a las reservas de crudo y a las rutas estratégicas de la región. El futuro de Yemen definirá: a)Si el Pentágono dominará el estrecho de Bab el Mandeb. b) Si Arabia Saudita (líder del Islam sunnita) y Occidente lograrán aislar a Irán (líder del Islam chiíta). c) Si el precio del crudo subirá pronto, lo que incidirá en México. En tanto, se prevé un largo conflicto entre hutíes y la alianza árabe hasta el
desgaste de uno de ellos.

El último sábado de marzo, en el paradisíaco centro de descanso egipcio de Sharm el Sheij, ocurrió lo impensable: la Liga Árabe anunció la creación de un ejército para rechazar a un enemigo común y garantizar la seguridad de sus integrantes. El objetivo formal de esa coalición es frenar el avance de las milicias del movimiento Ansar Alláh Hutí en Yemen y respaldar la operación conjunta Tormenta de Firmeza, integrada por Egipto, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Bahrein, Qatar, Kuwait, Sudán, Jordania, Marruecos y Pakistán y liderada por Arabia Saudita, que se juega el liderazgo regional y su interlocución con Estados Unidos (EE. UU.).

Horas antes de lanzar la embestida contra los hutíes, hubo un febril cruce de telefonemas entre el Departamento de Estado de EE. UU., las cancillerías francesa y británica, con los ministros de Exteriores de Arabia Saudita, Qatar y los EAU. Así, todos ellos decidían el futuro de Yemen, el país más pobre de Medio Oriente cuya población vive con dos dólares diarios ante la desigual distribución del ingreso. Esa situación fue provocada por 33 años de dictadura de Abdulah Saleh y la corrupción e ineficiencia de los gobiernos posteriores.

Pese a su precaria situación, Yemen posee grandes reservas petroleras en las cuencas de Masila y Shabwa, refiere el analista geopolítico F. William Engdhal en su libro La agenda oculta de Yemen, quien apunta que el potencial energético de ese país podría satisfacer la demanda mundial en los próximos 50 años. Por ello estima que EE. UU. diseñó un escenario de amenaza terrorista para controlar ese agobiado país.

Hay que subrayar que el actual conflicto no tiene raíces religiosas como insiste la propaganda occidental, aunque también es cierto que este factor influye, pues dos tercios de los 27 millones de yemenitas son sunitas (rama del Islam que profesan los miembros de la coalición que lidera Arabia Saudita) y otro tercio es chiíta (rama ortodoxa del Islam que profesa Irán). La causa se remonta a décadas de convulsiones político-sociales ante el hartazgo que existe en la población contra las actitudes de exclusión en contra de una parte de la casta gobernante y la injerencia de las potencias extrarregionales.

Nace una guerra

La caída del bloque socialista y la primera Guerra del Golfo en Irak enmarcaron en mayo de 1990, la reunificación de Yemen del Norte y Yemen del Sur –escindidos durante la Guerra fría– explica el periodista deMother Jones, Nick Baumann. Al frente del país quedó Ali Abdullah Saleh, quien de 1978 a febrero de 2012 presidió Yemen del Norte. En esos 33 años, Occidente –en particular EE. UU.– toleró la incapacidad de Saleh para gestionar la economía del país y su rampante corrupción, a cambio de adoptar su política antiterrorista y jugosos contratos de venta de armas.

En 2004, la situación era intolerable y la población que protestó fue reprimida por Saleh, quien también se enfrentó con el clan hutí de la secta Zaydí, y fortaleció sus vínculos con otros clanes influyentes como los Hashid y los Bakil. Pese a tenues reformas políticas, préstamos del Banco Mundial y negociaciones con la Organización Mundial de Comercio (OMC), Saleh fue incapaz de mejorar la situación y fue destituido en 2012.

En 2014, la política excluyente del presidente en turno, Abdel Rabu Mansur Hadi, que elevó el precio de los combustibles y reprimió las protestas, lo obligó a dimitir; en septiembre del año pasado abandonó la capital Sana’a y se refugió en Adén. En reacción, el pasado 27 de marzo Arabia Saudita apoyó a su aliado Hadi y bombardeó enclaves del grupo Ansar Alláh de los hutíes con anuencia de Occidente.

Región en llamas

El rompecabezas yemenita se explica por la inestabilidad en Medio Oriente. Del conflicto palestino-israelí, que dominó la segunda mitad del siglo XX, se pasó a las invasiones de Irak y a las protestas ciudadanas contra las dictaduras toleradas por Occidente en las mal llamadas “revoluciones árabes” de 2011, que instauraron la volatilidad en la región. Hoy, Irak es un estado fallido donde se consolidó el grupo radical Estado Islámico (EI) y cuyo combate permitió a Occidente avanzar hacia Siria para intentar desalojar al presidente Bashar al Assad.

Tras la ocupación occidental de Libia esa nación sufre agudas pugnas sectarias; Túnez es muy inestable y Egipto profundizó su dependencia de EE. UU., luego del golpe militar de 2013 contra Mohamed Mursi, primer presidente electo tras la larga dictadura de Hosni Mubarak y acentuó el acoso contra disidentes.

La Península Arábiga se enfrascó en la lucha contra el radicalismo islámico. En marzo de 2011, a solicitud del rey Hamad al Khalifa –que gobierna el país desde 1999– Arabia Saudita invadió Bahrein, donde manifestantes pedían el cese de la discriminación de los chiitas y más apertura democrática.

La presencia militar de EE. UU. en Medio Oriente es determinante. Desde su base aérea Al Udeid, en Qatar, ataca al EI en Irak y Siria; sus oficiales del Centro de Operaciones Aéreas Combinadas de Qatar vigilan el espacio aéreo de la región y lanzan operativos de guerra electrónica en 20 países cercanos. En Jordania tiene aviones F-16 y desplegó unos 15 mil soldados en la base de Ali al Salem en Kuwait, seis mil en Bahrein y cinco mil más en su base de Al Dhafra en los EAU.

Por ello, David Francis y Sabine Muscat, analistas de Foreign Policy, advierten que la caída del presidente yemenita Mansur Hadi sería un fuerte golpe a la estrategia antiterrorista de EE. UU., pues corre el riesgo de perder años de entrenamiento a los ejércitos vecinos y millones de dólares en equiparlos, así como con el mismo Yemen.

Aislar a Irán

Horas antes de lanzar su ofensiva aérea en Yemen contra los hutíes, Arabia Saudita y sus aliados acusaron a Irán de apoyar al grupo chiita para extender su influencia en la región. Afirman que Irán brinda apoyo logístico, bélico y económico al movimiento hutí Ansar Alláh; sin embargo, Damasco sostiene que la coalición contra los hutíes sigue dictados de Occidente y que sólo multiplicará la escalada de tensiones en el Golfo Pérsico.

Al coincidir con el analista egipcio Abu Arab, que sostiene que los hutíes no suponen un peligro para la región o para el tráfico marítimo, el centro conservador estadounidense de análisis geopolítico Stratfor estima que los hutíes no representan gran amenaza para Arabia Saudita. Sugiere que si los hutíes controlan el norte y centro de Yemen, el reino saudita se aislará del caos y podrá combatir al grupo terrorista Al Qaeda, que sí es una amenaza, en la Península Arábiga.

Ascenso hutí

El movimiento chiita Ansar Alláh Hutí, liderado por Abdul Malik al Houthi, nació de la unión de grupos dominantes en el norte y el centro de Yemen. Su creciente influencia representa un cambio en el tradicional balance de poder en Yemen y la Península Arábiga, pues abrió la puerta a Irán, uno de los grandes jugadores regionales junto a Arabia Saudita.

Entre los factores que influyeron en el ascenso de los hutíes está el intento saudita por controlar al Gobierno yemenita y evitar las protestas ciudadanas durante las “revoluciones árabes”. En 2009, los hutíes fueron reprimidos por guardias fronterizos sauditas; más tarde, cuando Arabia Saudita y los países de la Península Arábiga combatían al lado de Occidente contra el grupo EI en Irak y Siria, los hutíes retaron al incompetente presidente Hadi, que se alió con otros grupos yemenitas para combatirlos.

Fortalecidos, los hutíes avanzan al sur y Hadi, acosado, dimite. Ansar Alláh insiste en que no promueve la violencia y que lucha contra la exclusión sistemática del Gobierno contra los clanes no afines. Su financiamiento es un misterio y aunque la propaganda alega que viene de Irán, algunos analistas dudan, pues los hutíes no son chiitas rigurosos. Pero Occidente también teme a Irán y hace décadas le impuso fuertes sanciones –como el embargo petrolero– argumentando que desarrolla armas nucleares.

Resulta paradójico que justo el 26 de marzo, cuando Irán y el grupo 5+1 negociaban en Ginebra un acuerdo para levantar las sanciones a cambio de garantizar el uso pacífico de su programa nuclear, la coalición liderada por Arabia Saudita comenzara los bombardeos contra los hutíes en Yemen. En una demostración de fuerza, Ansar Alláh realizó una manifestación de 200 mil personas contra los ataques que causaron la muerte de civiles.

Los Siete Puntos

La actual escalada bélica entre el grupo Ansar Alláh de los hutíes y sus vecinos árabes cumple el pronóstico del politólogo F. William Engdahl en el sentido de que hoy más que nunca Washington aspira a militarizar la zona del estrecho de Bab el-Mandeb, uno de los siete puntos más estratégicos del planeta. Es la zona de transporte de petróleo más importante del planeta y la puerta de acceso a África oriental; para controlarla EE. UU. magnificó las amenazas de los piratas de Somalia y las supuestas bases terroristas de Al Qaeda en Yemen.

La posición geopolítica de Yemen atrae a EE. UU., Europa, Arabia Saudita e Irán. El analista chileno William Holzmann dice que ese país es “parte de la ecuación de estabilidad política en la región”. Basta ver en los mapas cómo custodia la entrada al estrecho de Bab el-Mandeb (que comunica la Península Arábiga y el Cuerno de África) y da paso al Mar Rojo con el Golfo de Adén que se abre camino al Mar Árabe. Y frente a sí, hacia el oeste, Yemen tiene a Somalia, Djibuti y Eritrea.

El control de Bab el-Mandeb está en la agenda futura del Departamento de Defensa estadounidense entre los llamados Siete Puntos Estrechos de petróleo más críticos del planeta (llamados también Chokepoints). Con esa estrategia Washington busca tres objetivos: 1) Frenar el acceso energético de China, 2) Impedir el acceso energético a todo país opuesto a su política, y 3) Evitar que Arabia Saudita venda libremente su crudo a países contrarios, según investigó el periodista Robert Fisk, del diario británico The Independent.

A pesar de que unos 14 mil 500 kilómetros separan a Yemen de México, esa confrontación impacta al sector energético de nuestro país; tras los primeros ataques, aumentó el precio internacional del petróleo entre 1.20 y 1.50 dólares el barril y, por lo tanto, de la mezcla mexicana. Por otra parte, esa crisis podría afectar el reducido pero constante intercambio comercial bilateral, que pasó de 864 mil dólares en 2007 a 300.5 millones de dólares en 2011.

La escalada en Yemen ya involucró a todo el mundo árabe –desde la Península Arábiga hasta el norte de África– así como a Irán, Turquía, Pakistán. Igualmente participarán en defensa de sus intereses EE. UU., la Unión Europea e Israel, lo que anticipa un conflicto largo y con muchas víctimas yemenitas que aspiran a su independencia.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: