Posteado por: Mexico Global | febrero 20, 2017

Sociedad y EE.UU. en la Era de la Posverdad

Nydia Egremy

Manipular la opinión y conducta de amplios sectores sociales ha sido práctica usual de los centros del poder político, los servicios de inteligencia y la prensa corporativa. Hoy que miles de millones de personas se comunican en la red electrónica, sin confirmar la veracidad de fuentes y contenidos, es más fácil influir en sus sentimientos que en su razón.

El nuevo gobierno de EE.UU., que viene de una campaña presidencial plagada de acusaciones sobre filtraciones, hace su propia guerra contra el conocimiento y el derecho a la información, al instruir a sus instituciones a no emitir ninguna información al público y medios. Esto confirma que vivimos en la era de la “posverdad”, vocablo que alude a la existencia de engaños más creíbles que la verdad.

En 2004, Ralph Keyes acuñó el término “posverdad” para referirse a la tendencia a difundir mentiras que resultan más creíbles que la verdad. Lo paradójico aquí es que los hechos objetivos importan menos que lo emocional y las creencias personales al momento de formarse una opinión. Ejemplo pionero de posverdad fue la versión del doctor Andrew Wakefield, de que la vacuna triple (contra sarampión, rubeola y paperas) se vinculaba con la aparición del autismo. Ese texto, publicado en 1998 en la revista especializada The Lancet, era un plan articulado para ganar millones de dólares por el miedo a las vacunas en Estados Unidos (EE.UU.). En la década siguiente el índice de vacunación bajó del 92 por ciento al 55 por ciento.

Hoy, cuando más de 1.8 mil millones de personas en el planeta se comunican a través de Facebook, más de mil millones lo hacen en Gmail, 310 millones por Twitter y 500 millones de personas usan mensualmente Instagram, la difusión de noticias falsas tiene la mayor escala y alcance de toda la historia de la humanidad.

Ese flujo de información horizontal no veraz obedece también a que la estructura de transmisión bajó sus normas éticas, a que existe una crisis del conocimiento en las instituciones clave (la educación y la ciencia) y al afán mercantilista de los medios, explica el periodista Pablo Bockzkowsky.

Cabe preguntar: ¿Quién fabrica la información ficticia? ¿Cómo opera el sistema que permite difundir noticias inventadas sin confirmar? ¿Cuál es el rol de los gigantes de la red en la dispersión de falsedades? Para algunos todo es labor de las agencias de inteligencia y para otros es la prensa, que se beneficia con las mentiras y no rastrea el origen de la información, trabajo que debería ser prioritario para ella.

Lo importante es que los engaños se difunden porque en la red existe una economía inescrupulosa que utiliza esa manipulación para capturar lectores y ganar dinero, escribían Andrew Higgins, Mike McIntire y Gabriel J.X. Dance en The New York Times (NYT) en noviembre pasado. Ambos descubrieron cómo dos personas “subieron” mentiras a la red, “gracias al apetito voraz en ese país por todo lo tendencioso”.

Uno era el estudiante de informática de 22 años, Bega Latsabidze, quien creó en su natal Georgia la página web Walkwithher.com donde subía textos favorables a Hillary Clinton.

Luego abrió una página de Facebook a favor de Bernie Sanders y un boletín con noticias que plagió del NYT. Tras ajustar su plan, tuvo éxito al publicar historias positivas de Donald Trump, reales y falsas.

En su sitio satírico Diario de la calle Burrand, John Egan, de Vancouver, Canadá, difundía parodias hasta que descubrió que publicar sobre Trump era un nicho de negocios.

Pronto subieron las visitas; incluso Latsabidze y otros empresarios de la red copiaron su trabajo. Ni a Latsabidze ni a Egan les interesa la política, pero sí el dinero que proviene de la publicidad; principalmente la de Google.

Latsabidze afirma que a su público le gusta Trump, por eso no escribía nada negativo de él; aunque admitió que algunos artículos eran tendenciosos y falsos.

En minutos recibió seis mil dólares por su falsa historia del cierre de la frontera mexicana. En otro, Egan advertía que México “anunció que cerraría la frontera a estadounidenses si Trump ganaba la presidencia”.

Esa fue la tercera más importante en Facebook entre mayo y julio de 2016, según la firma mediática independiente BuzzFeed.

Tras el escándalo por esa cuestión, Google anunció que prohibiría el acceso a su servicio de publicidad en línea para sitios que difundan noticias falsas. Y Facebook anunció herramientas para que los usuarios identifiquen todo contenido sospechoso.

Mordaza imperial
A principios de enero, un informe publicado en la revista Esquire anticipaba: “cambiará la relación de los reporteros acreditados a la Presidencia”. Y así sucedió

En el autonombrado país de la democracia, hoy se cierra el paso a toda información que contribuya al conocimiento.

Por primera vez un presidente electo (Trump) se negó a responder la pregunta a un corresponsal en la Casa Blanca (Jim Acosta, de la cadena CNN). “Señor presidente electo, ya que está atacando nuestro canal de noticias, ¿puede darnos una oportunidad?”. “Tú no –respondió Trump–. Tu organización es terrible. No te concedo una pregunta. Tus noticias son falsas”.

Por esos antecedentes y para impedir que se limitara su acceso a la información, la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca emitió un comunicado firmado por su líder, Jeff Mason, donde asegura que el gremio tratará de ejercer a plenitud ese derecho.

Provocador, Donald Trump escaló su pleito con la prensa al asegurar al reportero de Fox News, Sean Hannity, que gran parte de lo que publican los medios son “noticias falsas”. Y alegó que la prensa tradicional –entre la que citó al NYT– miente y sirve a los grandes intereses del sistema.

Los primeros días, tras asumir el cargo, el presidente y su equipo mantuvieron lejos a los medios, hasta que aceptaron a un puñado. En abierta pugna, el jefe de estrategia del presidente, Steve Bannon, declaró al NYT: “Quiero aclarar que aquí, los medios son el partido de oposición.

No comprenden a este país y aún no comprenden por qué Donald Trump es presidente de EE.UU.” Sin sensibilidad política, el también exdirector del polémico portal derechista Breitbar News agregó que los medios debían ‘mantener la boca cerrada y sólo mirar por un tiempo”.

Pero lo peor estaba por llegar. En su cuarto día en el cargo, el asesor presidencial dio la orden: “¡Cállense la boca!”. El receptor era la agencia del Medio Ambiente (EPA, en inglés) que por estatuto debe informar al Congreso, y a los estadounidenses en general, de sus investigaciones sobre los efectos del cambio climático. Además de prohibir la concesión de nuevos contratos o subvenciones, en la EPA se instituyó el “silencio informativo”.

Correos electrónicos del personal, revisados por The Associated Press, confirman el alcance de la prohibición: “suprimir comunicados de prensa, actualizar sus blogs o mensajes en redes sociales de la agencia”.

Órdenes similares para amordazar la información y comunicación externa se han emitido a otras instituciones, como los departamentos de Agricultura y el interior.

 

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