Posteado por: Mexico Global | abril 24, 2017

Rusia y China construyen el siglo euroasiático

Barack Obama y sus aliados no imaginaron que lanzar a Ucrania a los brazos europeos produciría el más drástico cambio geopolítico del siglo XXI y, al mismo tiempo, concretaría su mayor temor: la ampliación de la alianza estratégica entre Rusia y China.

Ese abrazo político, energético, militar y financiero entre el oso y el dragón inaugura un nuevo siglo euroasiático con efectos múltiples; entre ellos, la pérdida de hegemonía de Estados Unidos (EE. UU.) en el Pacífico, el acotamiento de la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hacia al este y la petición de la arrogante Unión Europea al Kremlin de mantener el suministro de energía pese al adeudo de Kiev.

La pesadilla de los estrategas del capital mundial se consumó en Shanghai el martes 20 de mayo. Ese día Rusia –mayor exportador mundial de petróleo y otras materias primas– y China –segunda economía mundial– mostraron que irán juntos en lo que resta del siglo.

Se proponen construir una nueva geografía que vincule al Pacífico con el centro de Europa a través de ductos de gas y crudo, donde las monedas de intercambio sean el yuan y el rublo sin recurrir al devaluado y politizado dólar, al tiempo que fortalecen su cooperación política y militar.

Hace décadas que Occidente temía esa alianza ruso-china. En 1997 el exasesor de seguridad nacional de EE. UU., Zbigniew Brzezinski, definió que la lucha por la primacía global se jugaría en el espacio euroasiático.

En su libro El gran tablero de ajedrez el geopolitólogo advertía que, de recuperar el control de Ucrania, Moscú tendría los medios para convertirse en un poderoso Estado Imperial que abarcaría Europa y Asia. Ésa fue también la justificación para que EE. UU. mantuviera su política de contención contra Rusia y hasta el Mar Meridional de China, en el llamado espacio exterior europeo.

Sin controlar Ucrania, desde el año 2000, la Rusia de Vladimir Putin reconstruye el espacio soviético mediante el uso del petróleo y el gas como instrumentos de recuperación de otros de sus cuantiosos recursos naturales. Hoy se constata que Eurasia, el lugar geográfico de la Federación Rusa, es una región que posee los recursos suficientes para generar un verdadero poder global.

El mensaje al mundo del llamado Pacto del Siglo entre Rusia y China confirma que ambos colosos asiáticos comparten más intereses que diferencias y esto sacude las estructuras del capitalismo imperial. Para algunos, esa alianza estratégica es un alarde de potencia y sincronía enmarcadas en una “luna de miel” que se extiende a la seguridad mutua, con una profunda revolución del mercado energético y que contempla la expulsión del dólar en sus transacciones.

El abrazo ruso-chino ocurre en medio de la ofensiva occidental: Washington arresta a cinco militares chinos acusados de tramar ciberataques en su contra; Moscú y Beijing vetan la propuesta de Francia para juzgar a Siria ante la Corte Penal Internacional y la Unión Europea pide a Rusia mantener el suministro de gas a Ucrania, cuyos oligarcas no logran contener la ingobernabilidad.

Más Rutas de la seda

En términos geopolíticos, el pacto político, energético, comercial y financiero beneficia a China, que dejaría de ser vulnerable por su deficiencia energética.

El compromiso del Kremlin de proveer a Beijing tres mil 750 millones de pies cúbicos de gas licuado diario durante 30 años a partir de 2018, le evita la preocupación geopolítica de buscar esa energía en todo el planeta. Esa tranquilidad permitirá a Beijing avanzar en su objetivo estratégico de construir sus llamadas Rutas de la seda.

Es una alianza donde ganan las dos partes, pues a China le conviene abastecerse de energía en forma permanente y estable por la ruta terrestre desde Siberia y no el suministro incierto a través de mares controlados por la armada estadounidense.

Al mismo tiempo, esa transacción representa para Rusia ingresos frescos por 456 mil millones de dólares, que le dan la seguridad geopolítica que no obtuvo en sus transacciones energéticas con Europa ni con Ucrania. Con esa seguridad puede consagrarse a su proyecto de reposicionarse globalmente.

La economía china necesita 10 millones de barriles diarios de crudo de los que importa el 31.6 por ciento. Para garantizar ese flujo, China articuló ingeniosos y creativos pactos de compraventa e inversiones en todo el planeta: en América Latina lo proveen Brasil, Venezuela, Ecuador, Perú y México, que en 2013 le exportó en promedio 30 mil barriles diarios y espera duplicar esa cifra en 2014. En Medio Oriente lo abastecen Libia, Irán e Irak y en Asia Central, Kazajastán; en África lo surten Nigeria, Angola, Gabón, Chad y Camerún mientras que en Asia-Pacífico sus principales proveedores son Birmania, Indonesia y Singapur.

Ese entramado de relaciones económico-comerciales se tradujo en una amplia red de ductos que llevan gas y crudo desde yacimientos de todo el mundo a la industria y las viviendas chinas.

El nuevo acuerdo ruso-chino prevé que Moscú invertirá 55 mil millones de dólares en exploración de gas y en construir el  ducto La fuerza de Siberia que llevará el fluido hacia China siguiendo la ruta por la que Moscú lleva crudo a la zona industrial del noreste chino.

Pepe Escobar, corresponsal de Asia Times y analista de Russia Today, señala que el nuevo eje ruso-chino recuerda la intención de Irak, Irán y Siria de conformar el llamado Ductistán, un término geopolítico que denomina al conjunto de gasoductos y oleoductos que, una vez concluidos, cruzarán Eurasia en ambos sentidos para constituir el sistema circulatorio de esa región, con un costo de un billón de dólares. Sin embargo, la inestabilidad política por la guerra civil siria impide su concreción.

En otra vertiente de su búsqueda de energía segura, China se ha lanzado a invertir en infraestructura petrolera –exploración, refinación y transporte– de forma contundente.

En marzo de 2012 se asoció con Arabia Saudita para construir una refinería gigante en Yanbu, en el Mar Rojo, que concluirá este año. Esa medida consolida el intercambio entre el mayor exportador de petróleo de Medio Oriente y el segundo mayor consumidor mundial de crudo. Ese mismo año invirtió 23 mil millones de dólares en otra refinería en Egipto y tres más en Nigeria.

Lo que realmente importa a Beijing es su visión estratégica de construir varias Rutas de la seda económicas. Esa concepción pretende crear masivas redes ferroviarias con trenes de alta velocidad, ductos, puertos, redes de fibra óptica, carreteras en Asia Central, la llamada carretera marítima del Océano Índico, así como un ferrocarril que conecte a Turquía e Irán de forma que cruce por toda Eurasia hasta Alemania.

Con miras a ese objetivo, en su visita a Alemania en abril pasado, Xi Jinping recorrió la ciudad de Duisbur, en el corazón de la industria acerera del Ruhr y el mayor puerto tierra adentro del planeta.

Ahí propuso construir una nueva Ruta de la seda entre su país y Europa a partir del tren Chongqing-Xinjiang-Europa que ya transita de China a Kazajastán y sigue por Rusia y Bielorrusia y que ahora pasaría por Polonia para concluir en Alemania. Esto reducirá en 20 días el recorrido de barcos que zarpan del litoral oriental de China, Pepe Escobar.

Sin embargo, en el horizonte asoma la intención de EE. UU. de frenar el ascenso chino en Asia Pacífico a través del bloque económico del Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (TPP en inglés), al que también se sumó México, y mediante la creación de disputas con sus vecinos regionales.

Ese pacto coincide también con la crisis entre Beijing y Hanoi por las exploraciones petrolíferas de la plataforma Haiyang Shigyou 981, en el Mar Meridional de China en aguas próximas a las islas Paracel, reclamadas por Vietnam.

Rusia global

Para Vladimir Putin, ese Pacto del Siglo constituye un triunfo político: posiciona a Rusia como coprotagonista con China del Nuevo Siglo Euroasiático, que contendrá el avance de EE. UU. y exhibe, además, su gran margen de maniobra para encontrar nuevos y solventes socios.

El acuerdo con China completa su objetivo estratégico de constituir la Unión Económica Euroasiática (UEE) como actor de la economía y política global del siglo XXI.

Tras incorporar a Bielorrusia y Kazajastán en un pacto aduanero, Putin integra los tres Estados que acaparan el 85 por ciento del espacio posoviético y garantiza un flujo comercial a largo plazo, estima el presidente de la Comisión para Asuntos de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), diputado ruso Leonid Slutski.

El proyecto euroasiático va en serio y es de largo plazo, pues incorporará a Armenia y Kirguistán en el futuro próximo, de ahí que no sea aventurada la idea de Putin de que la UEE sea puente entre una Europa acosada por la recesión y las economías emergentes de Asia-Pacífico.

También se concreta el plan del mandatario ruso de atraer inversiones chinas para unir el este y el poniente rusos con un sistema de gasoductos. Se espera que en cinco años el Extremo Oriente, Siberia oriental, Siberia occidental y la parte europea de Rusia se unan con la red de gasoductos más grande del mundo donde el flujo del gas se dirija en dirección oriental u occidental, según sea necesario. Con esa obra se desarrollarán las provincias orientales rusas que hoy tienen dificultades económicas.

Los efectos del pacto comenzaron de inmediato. Tan pronto se conoció su alcance, aumentaron dos por ciento las acciones de Gazprom. También, se atisba el aumento del comercio mutuo de 90 mil millones de dólares a 100 mil millones en 2015 y el auge de inversiones mutuas para infraestructura carretera, exploración de recursos naturales y construcción de viviendas populares.

La reacción de la Unión Europea a ese acuerdo fue en dos sentidos: los ministros europeos de Energía se reunieron en Atenas para buscar la formación de un mercado energético común que reduzca la actual dependencia de Rusia. Por otro, difundieron el rumor de que Gazprom no está en condiciones de satisfacer la demanda de China sin dejar de cumplir con sus clientes actuales.

La respuesta a esa maliciosa observación provino del mismo Putin el 24 de mayo, cuando en San Petersburgo sostuvo que Gazprom tiene capacidad para incrementar su producción gasera hasta 650 mil metros cúbicos al año, contra los 450 mil actuales. Agregó que no lo han aumentado ante la falta de consumidores y subrayó que los europeos no deben temer quedarse sin gas ruso pese al histórico contrato con China.

Otro impacto del acuerdo ruso-chino llevó al presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, a escribir al mandatario ruso pidiéndole mantener el suministro de gas a Europa mientras duren las negociaciones entre la Unión Europea (UE), Rusia y Ucrania. Detrás de esa petición estuvo la preocupación porque Gazprom anunció que el 1º de junio suspendería el suministro del fluido a Ucrania si la estatal ucraniana Naftogaz no liquidaba su deuda de tres mil 505 millones de dólares.

A Rusia le interesa abrir nuevos mercados, como el creciente de Asia-Pacífico donde Japón y Surcorea son grandes clientes de hidrocarburos rusos, así como minerales, madera y pescado con un intercambio que suma 60 mil millones de dólares anuales. El pacto ruso-chino garantiza a esos socios la estabilidad y seguridad en el suministro.

De acuerdo con la agencia Xinhua, la alianza militar chino-rusa no sólo fortalece la posición influyente de Beijing sino que alerta a las economías emergentes lideradas por las naciones del grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) mientras declina la influencia estadounidense.

En la crisis de Ucrania, Washington ha presionado a Rusia con sanciones y simultáneamente intenta bloquear la vía para que China adquiera poder militar animando los reclamos de Japón, Vietnam y Filipinas.

Entretanto, sigue en curso lo que el director de la Fundación de Cultura Estratégica, Nikolai Bobkin, denuncia como guerra energética de EE. UU. contra Rusia.

Refiere que en marzo pasado, el Congreso estadounidense exigió al Gobierno de Obama reconsiderar paradigmas y estrategias que limiten la exportación de energía para reducir la influencia rusa en la Unión Europea, lo que constituye una amenaza geopolítica, señala Bobkin. Detrás de esa exigencia está el afán de mantener la política imperial de conservar a Ucrania como una pieza importante en el ajedrez geopolítico en la frontera con Rusia.

A modo de colofón recordemos que hace tiempo que la geografía euroasiática se reconforma silenciosamente. El compromiso ruso-chino de avanzar juntos, cuando menos hasta el año 2048 anticipa un giro no sólo energético sino de las relaciones entre las naciones del Pacífico y de Europa.

México es aún un país exportador petrolero miembro de Asia-Pacífico y su visión estratégica no debe ser ajena a la nueva arquitectura en Eurasia y a beneficiarse ampliamente.

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